A
SEAMUS HEANEY.
La máquina golpea entre la nieve
una piedra hacia el vacío.
Los cristales del auto a solas con la ventisca
entre los caminos y los molinos de viento.
Lejana
la sombra de una nube
sobre la hierba queda.
OTRA PLEGARIA PARA LOS NO MARINOS
Jacintos,
ademanes de mar
aires lejanos
que se pegan al rostro.
Bailas en la arena
como quien reza un sutra japonés
las olas como viajeros
cansados, se tienden
entre tus dedos de sal.
Jacintos, vuelan sobre el arrecife.
ESTA
ES SU CARTA, EL MARINERO FENICIO AHOGADO
Madame
Sosostris,
no se
preocupe esta tarde como de costumbre
corro
lejos de los barcos
el mar es una ecuación difícil.
Desde estos lugares
cálidos
los autobuses vienen y van sobre las
interminables
líneas del asfalto.
Quiero en mi próxima vida que las luces de
neón sean solo verdes
como aquellos carteles en Saigón de donde se
fue dios con las manos
temblorosas en el rostro.
Bombay dos mil ocho casi dos mil nueve
y viene la sal a pegarse como si
fuese el marinero fenicio que se quedo
en la superficie de sus cartas.
Escapo de sus tierras para surcar este desierto
tras
una que otra bocanada de opio
pasar la fiebre más acá de los arrecifes
donde he visto hombres desvirgar las ostras
solo para quedarse las perlas.
UN RECORRIDO
Encerradas en una caja la suciedad y unas uvas
en el rigor de la mudez el recorrido de la vista
confluye en el ritmo acomodados en un orden absurdo
el dependiente desconoce esa música que escapa
cutre de la oquedad del cansancio a destiempo la muerte
las
nubes que asombran las silabas de los charcos
tejido ahí el tiempo en un recuerdo
una huella
sobre otra huella
y otra que atrapa la calma.
El final que alumbra la suciedad y la forma.
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